…tus hijos ya me pertenecen

“Tú no piensas como yo, pero tus hijos ya me pertenecen.” Era la siniestra frase usada por Hitler para amilanar a sus enemigos internos. El Nazismo hizo de la escuela una herramienta perfecta de lavado de cerebros. Los llamados niños Nazis fueron su producto mas terrible. Niños que, con la guerra perdida, en el sitio de Berlín, pusieron en jaque a soldados soviéticos y americanos, que al enfrentarse al dilema moral de tener que defenderse de pequeños fanáticos, perdían unos segundos inestimables y eran acribillados por niños y niñas que actuaban como auténticos demonios encolerizados. Cuentan los aliados, sin embargo, que lo peor no fue enfrentarse a hordas de niñas rubias con coletitas, faldas y pistolas, lo malo vino después. El lavado de cerebro de aquellos niños era tan brutal, su adoctrinamiento tan completo, que costó muchísimo tiempo que dejaran de saludar levantando la mano con el escalofriante “Heil Hitler”. De hecho, recientes estudios afirman que quienes vivieron su infancia en el Tercer Reich, siguen siendo mucho más antisemitas que sus conciudadanos. Los niños nazis fue la postrera y más perfecta obra del nazismo. Goebbels consiguió crear al verdadero hombre lobo ario.

Este ejemplo sirvió a las democracias modernas para aprender que no hay nada más efectivo para el éxito de una ideología que el adoctrinamiento en las aulas, y no hay nada más vil que utilizar el poder para hacerlo.

Creíamos que el gobierno Barkos ya no podía ser más sectario, pero puede, vaya si puede. Esta vez no es nacionalismo, es ideología de género. Quienes comulgan con dicha ideología tienen una pasmosa capacidad para tachar a todo aquel que no lo hace de machista, LGTBIfóbico, fascista (este que no falte), retrógrado, viejuno, y cualquier otra lindeza que a ellos les suene a insulto gordo.

El problema de la ideología de género es que su condición sine qua non es la aceptación social sin fisuras, como pensamiento único. No quieren entender que la sociedad es diversa, y ve las cosas de formas diversas. Quien no pasa por el aro es un enemigo a batir, el Torquemada del siglo XXI, cuando, en realidad, los Torquemadas son ellos. La dictadura del pensamiento único pretende que reconozcamos como libertad de expresión a Valtonyc exaltando en sus letras a quien pone bombas a la guardia civil, y que censuremos la expresión mariconez en una canción del grupo musical que más, y de la forma más bella, ha hecho por la visibilidad lésbica en este país.

La dictadura del pensamiento único ha conseguido que vivamos amedrentados, acogotados, acongojados, no vaya ser que alguna cosa que digamos un día tomando una cerveza, se tome como un terrible insulto homófobo, como un ataque a la igualdad, sin importar el contexto, en esa voraz caza de brujas a la que se han lanzado desde los preceptos de la ideología de género.

Personalmente puedo coincidir más o menos con esta ideología, pero con lo que no puedo coincidir es con la imposición. Y ese es el problema del pensamiento único, que se siente en el derecho y el deber de resetear el cerebro de toda la sociedad, y eso no es admisible en una democracia. Que hay que educar en igualdad, lo compartimos todos, pero que esto sea una excusa para imponer a los más pequeños una ideología es inaceptable.

Para educar en igualdad no hay que enseñar a los niños que la desigualdad existe únicamente porque la sociedad es heteropatriarcal, capitalista y burguesa; o que el amor romántico es un constructo del heteropatriarcado para someter a la mujer. Ahí no hay igualdad, ahí hay una forma muy concreta de entender el mundo y el papel de las relaciones afectivo-sexuales en la sociedad, y eso no tiene porqué ser compartido por todos.

Yo, por ejemplo, creo que a una mujer o a un hombre, cis o trans, hetero, homosexual o bisexual, o todo a la vez, le iguala, le empodera y le hace mucho más feliz una relación basada en el amor romántico, en la pareja, y en la familia, que el poliamor abierto, en grupo o por fascículos.

Es mi opinión, y tengo derecho a tenerla, ni ofendo, ni critico, ni en realidad me importa un bledo como viva cada cual su sexualidad, pero tampoco tolero que alguien critique cómo la entiendo yo. Y desde luego no tolero que a mis sobrinos les enseñen que los modelos de familia en los que viven son opresivos, ofensivos y desigualitarios.

La libertad para educar en los valores que cada cual considere como propios es un derecho constitucional, y ningún gobierno tiene legitimidad para cercenarlo. Intentar adoctrinar a los más pequeños para ganar la batalla ideológica es la ruindad mayor en la que puede caer un gobernante: “Tú no piensas como yo, pero tus hijos ya me pertenecen”. Tremendo.